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34—Una súplica en favor de la unidad SE2 327

«ESTAS COSAS HABLÓ JESÚS, y levantando los ojos al cielo, dijo: “Padre, la hora ha llegado: glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti, pues le has dado potestad sobre toda carne para que dé vida eterna a todos los que le diste. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado. Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciera. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera. He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra”». SE2 327.1

¡Qué glorioso elogio!: «Han guardado tu palabra”. Sería un gran honor que se diga esto de nosotros. Pero muy a menudo el yo se interpone esforzándose por alcanzar la supremacía. SE2 327.2

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Sermón predicado en Berrien Springs, Michigan, el 22 de mayo de 1904. Manuscrito 52, 1904.

Esta fue la última oración de Cristo con sus discípulos. Fue ofrecida precisamente antes de que él se dirigiera al Getsemaní donde sería traicionado y apresado. Cuando llegó al Getsemaní cayó a tierra, postrado en una dolorosa agonía. ¿Qué causó esa agonía? El peso de los pecados del mundo descansaba sobre su alma. Mientras estudia-mos esa oración, recordemos que fue precisamente antes de esta experiencia, y antes de que fuera traicionado, que se pronunciaron esas palabras. SE2 328.1

En Getsemaní, Cristo creyó que estaba siendo separado de su Padre. El abismo era tan ancho, tan negro, tan profundo, que su espíritu tembló estando al borde. Él no podía ejercer su poder divino para escapar de aquella angustia. Como hombre debió sufrir las consecuencias del pecado del ser humano. Como hombre debían enfrentar la ira de Dios. SE2 328.2

Observémoslo mientras contempla el precio a ser pagado por el alma humana. En su angustia él se aferra del frío suelo como si quisiera impedir ser llevado más lejos de Dios. El frío rocío de la noche cae sobre su postrado cuerpo, pero él no le presta atención. De sus pálidos labios sale el amargo pedido: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa”. Sin embargo, ahora añade: «Pero no sea como yo quiero, sino como tú». SE2 328.3

El corazón humano busca consuelo en los momentos de dolor. Ese anhelo lo sintió Cristo en lo más recóndito de su ser y acudió al lugar donde había dejado a sus discípulos. Si los hubiera encontrado orando se habría sentido aliviado... Pero estaban durmiendo. Ellos no podían consolarlo. Una vez más acudió a ellos, pero de nuevo los encontró durmiendo. SE2 328.4

Dándose vuelta, Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado en tierra sobrecogido por el horror de una tenebrosa oscuridad. Lo humano del Hijo de Dios temblaba en esa hora de prueba. Oró para que la fe de los discípulos no flaqueara, no tan solo por su propia alma tentada y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el momento que iba a decidirse el destino del mundo. SE2 328.5

La suerte de la raza humana pendía de un hilo. Cristo aún podía negarse a beber la copa reservada para el hombre culpable. Aún no era demasiado tarde. Él podía enjugar el sanguinolento sudor de su frente y abandonar al hombre para que pereciera en su iniquidad. Podía decir: «¡Que el transgresor reciba la condena por su pecado, que yo regresaré a mi Padre!” SE2 328.6

¿Beberá el Hijo de Dios la amarga copa de humillación y angustia? ¿Sufrirá el inocente las consecuencias de la maldición del pecado con el fin de salvar al culpable? Las palabras salen temblorosas del los pálidos labios de Jesús: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú”. SE2 329.1

Él acepta su bautismo de sangre para que a través de él los millones que perecen puedan obtener la vida eterna. Él había abandonado los atrios celestiales donde todo es pureza, felicidad y gloria para salvar a la oveja perdida: al mundo que ha caído por causa de la transgresión; y no cejará en su misión. Él se convertirá en la propiciación por una raza que había escogido pecar. SE2 329.2

De esa forma el Hijo de Dios se entregó por nosotros: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» para que no perezcamos. Pensemos en los sufrimientos que tuvo que soportar por nosotros, y mientras lo hacemos debemos recordar que somos partícipes de ese sufrimiento, para finalmente compartir su gloria. Él dice: «Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. SE2 329.3

¿Cuánto hemos sufrido por Cristo y por nuestros semejantes? Al ir de lugar en lugar contemplando la necesidad y lo pecaminoso de los seres humanos, ¿hemos estado dispuestos a soportar dificultades y privaciones por los demás? SE2 329.4

Glorificados en nosotros. «Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo existiera. He manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los diste, y han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todas las cosas que me has dado proceden de ti, porque las palabras que me diste les he dado; y ellos las recibieron y han conocido verdaderamente que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos” [Juan 17: 5-10]. SE2 329.5

¿Acaso alcanzamos dicha norma? ¿Acaso no hemos dejado de glorificar a Dios al no seguir a Cristo en medio de la negación y el y sacrificio? ¿Estamos dispuestos a llevar nuestra cruz? ¿Estamos dispuestos a morir al yo, a ser crucificados con Cristo? Hemos de participar en los sufrimientos del Redentor antes de que se nos permita entrar a la ciudad de nuestro Dios. SE2 329.6

Santificados mediante la verdad. «Ya no estoy en el mundo; pero estos están en el mundo, y yo voy a ti. Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros. Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliera. Pero ahora vuelvo a ti, y hablo esto en el mundo para que tengan mi gozo completo en sí mismos. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los odió porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” [Juan 17: 11-16]. SE2 329.7

Los seguidores de Cristo no deben creer que pueden hacer lo mismo que el mundo: siguiendo las inclinaciones naturales del corazón, viviendo en orgullo y egoísmo y aún ir al cielo. Dios desea que nos apartemos de todo aquello que deshonre su nombre ante el mundo. SE2 330.1

«Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad» [Juan 17: 17-19]. SE2 330.2

Es el privilegio de toda alma aquí presente ser santificada mediante la verdad. Esa santificación deben poseerla todos los que entren en las mansiones de gloria. Nuestro mundo está lleno de errores. Satanás ha descendido con gran poder y obra mediante todo engaño e injusticia. Pero no tenemos por qué ser entrampados por él. Debemos ser fortalecidos en Cristo y santificados mediante la verdad. SE2 330.3

El Señor podría considerar que es necesario someternos a un proceso de purificación para que así alcancemos completa armonía con Cristo. Es mi plegaria que los corazones de los presentes podamos ser llenados de un intenso deseo de ser santificados por el Espíritu, y podamos todos ser conducidos a una completa unidad con Cristo, y del uno con el otro. SE2 330.4

Mis hermanos y hermanas, pronto ustedes se separarán para el trabajo veraniego: algunos en el ministerio, otros en la enseñanza y otros más en diversas otras ocupaciones. Antes de que nos separemos espero que hayamos tenido el testimonio del Espíritu Santo de habernos todos apropiado del poder divino y de que estamos en paz con Dios. Nuestros corazones tiene que haberse llenado de la paz «que sobrepasa todo entendimiento”. SE2 330.5

«Para que todos sean uno”. «Pero no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste» [Juan 17: 20, 21]. SE2 330.6

¿A que unidad aluden estas palabras? Unidad en la diversidad. Nuestras mentes no funcionan en el mismo canal y tampoco se nos ha encomendado la misma tarea. Dios le ha asignado a cada ser humano su tarea de acuerdo con sus habilidades. Hay diferentes tipos de labores a realizar y se necesitan obreros de diversas capacidades. Si nuestros corazones son humildes, si hemos aprendido a ser mansos y humildes en la escuela de Cristo podremos andar con esfuerzo por la estrecha senda que se nos ha trazado. SE2 331.1

Dios desea que mostremos un ferviente deseo de salvar a aquellos que están por perecer. Si hay alguien que ha cometido algunos errores, nuestros corazones deben sentir compasión por él. Deberíamos permitirle que compruebe que sentimos por él ese amor que fue revelado en la vida de Cristo. Podríamos pensar que un hermano ha hecho algo muy malo. Y quizá lo haya hecho. Pero, ¿creen que ustedes lo harán reconocer su error al evitar su compañía, al abandonarlo para que el enemigo pueda trabajarse sus pensamientos y su conciencia? Deberíamos intentar acercamos a él todo lo que podamos. Deberíamos atraerlo a Cristo mediante todo el poder para ganar almas que Dios nos ha concedido, recordando que nosotros mismos hemos cometido erroes y nos hemos desviado del camino. Todos hemos tenido nuestros momentos de dificultad, de ceguera, de aflicción. SE2 331.2

Hay poder en la verdad. Hay poder en el amor de Dios que hace se disipen los nubarrones, permitiendo que la luz de la presencia de Dios llegue al corazón de aquel que yerra. SE2 331.3

«Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno” (Juan 17: 22). Piensen en las posibilidades encerradas en estas palabras. Cristo jamás nos pide más de lo que podamos lograr con el poder que él nos da gratuitamente. ¿Acaso no marcharemos vestidos de su justicia mientras vamos de un lugar a otro? Él nos exhorta a que valoremos su tierna compasión y su amor para que toda diferencia, toda barrera que separe las almas, pueda ser derribada. Todos deben afirmar sus pies en la plataforma de la verdad eterna y luego pedir a Dios que llene sus corazones con el amor que se encuentra en el corazón de Cristo. No podemos permitir que se coloquen piedras de tropiezo en la senda de nadie. No podemos por nada del mundo permitir que el gran Juez de todo nos cargue a nuestra cuenta ninguna ocasión de tropiezo que haya hecho caer a alguien. SE2 331.4

«Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en unidad, para que el mundo conozca que tú me enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado” [Juan 17: 23]. SE2 331.5

¿Se dan cuenta de lo que quiero decir? El Padre ama a los seres caídos igual que ama a su propio Hijo. Él nos ama tanto que no se aparta de nosotros ni cuando andamos tropezando en las tinieblas y el error. Ustedes podrían decir: «Cuando mi hermano con quien difiero, asuma determinada actitud, entonces lo aceptaré de corazón». Pero quizá ustedes tengan que amarlo de corazón antes de que él llegue a ese punto. SE2 332.1

«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo esté, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado, pues me has amado desde antes de la fundación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. Les he dado a conocer tu nombre y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos” [Juan 17: 24-26]. SE2 332.2