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Testimonios Selectos Tomo 2

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    Capítulo 16—Curación del cojo

    Este capítulo está basado en Hechos 3 y 4.

    Poco tiempo después del descenso del Espíritu Santo, e inmediatamente después de una temporada de fervorosa oración, Pedro y Juan subieron al templo para adorar, y vieron en la puerta Hermosa un cojo de cuarenta años de edad, que desde su nacimiento había estado afligido por el dolor y la enfermedad. Este desdichado había deseado durante largo tiempo ver a Jesús para que le curase; pero estaba impedido y muy alejado del escenario en donde operaba el gran Médico. Sus ruegos movieron por fin a algunos amigos a llevarlo a la puerta del templo, y al llegar allí supo que Aquel en quien pusiera sus esperanzas había sido condenado a una muerte cruel.2TS 99.1

    Su desconsuelo excitó las simpatías de quienes sabían cuán anhelosamente había esperado que Jesús lo curase, y diariamente le llevaban al templo con objeto de que la gente le diese una limosna para atender a sus necesidades. Al entrar Pedro y Juan les pidió una limosna. Los discípulos le miraron compasivamente, y Pedro le dijo: “Mira a nosotros. Entonces él estuvo atento a ellos, esperando recibir de ellos algo. Y Pedro dijo: Ni tengo plata ni oro.” Al manifestar así Pedro su pobreza, el cojo se desanimó; pero recobróse con viva esperanza cuando el apóstol prosiguió diciendo: “Mas lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó: y luego fueron afirmados sus pies y tobillos. Y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando y saltando, y alabando a Dios. ... Y teniendo a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, todo el pueblo concurrió a ellos, al pórtico que se llama de Salomón, atónitos.” Se asombraban de que los discípulos pudiesen obrar milagros análogos a los que había obrado Jesús. Sin embargo, allí estaba aquel hombre, cojo e impedido durante cuarenta años, libre de dolor y dichoso de creer en Jesús. Cuando los discípulos vieron el asombro del pueblo, Pedro preguntó: “¿Por qué os maravilláis de esto? ¿por qué ponéis los ojos en nosotros, como si con nuestra virtud o piedad hubiésemos hecho andar a éste?” Les aseguró que la curación se había efectuado en el nombre y por los méritos de Jesús de Nazaret, a quien Dios había resucitado de entre los muertos. Declaró el apóstol: “Y en la fe de su nombre, a éste que vosotros veis y conocéis, ha confirmado su nombre: y la fe que por él es, ha dado a éste esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.” Y exclamó: “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor.”2TS 99.2

    Mientras los discípulos estaban hablando al pueblo “sobrevinieron los sacerdotes, y el magistrado del templo, y los saduceos, resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de los muertos.” Rápidamente crecía el número de los convertidos a la nueva fe, y tanto los fariseos como los saduceos convinieron en que si no atajaban a estos nuevos instructores, su influencia peligraría aun más que cuando Jesús estaba en la tierra. Por lo tanto, el magistrado del templo, con auxilio de algunos saduceos prendió a Pedro y a Juan, y los encerró en la cárcel, pues ya era demasiado avanzada la tarde del día para someterlos a interrogatorio.2TS 100.1

    Los enemigos de los discípulos no pudieron menos que convencerse de que Jesús había resucitado de entre los muertos. La prueba era demasiado concluyente para dar lugar a dudas. Sin embargo, endurecieron sus corazones, rehusando arrepentirse de la terrible fechoría cometida al condenar a Jesús a muerte. Confiados en su presumida rectitud, los maestros judíos no quisieron admitir que quienes les inculpaban de haber crucificado a Jesús hablasen por inspiración del Espíritu Santo.2TS 100.2

    Si los caudillos judíos se hubiesen sometido al convincente poder del Espíritu Santo, hubieran sido perdonados; pero no quisieron ceder. De la misma manera, el pecador obstinado en continua resistencia se coloca fuera del alcance del Espíritu Santo.2TS 101.1

    El día siguiente a la curación del cojo, Anás y Caifás, con los otros dignatarios del templo se reunieron en Sanedrín para juzgar la causa, y mandaron que comparecieran los presos. En aquel mismo lugar, y en presencia de algunos de aquellos hombres, había negado vergonzosamente Pedro a su Señor. De esto se acordó muy bien al comparecer a juicio. Entonces se le deparaba ocasión de redimir su cobardía.2TS 101.2

    El Pedro que negó a Cristo en la hora de su más apremiante necesidad era impulsivo y presuntuoso, muy diferente del Pedro que comparecía a juicio ante el Sanedrín. Desde su caída se había convertido. Ya no era orgulloso y arrogante, sino modesto y humilde. Estaba lleno del Espíritu Santo y con auxilio de este poder se resolvió a lavar la mancha de su apostasía honrando el Nombre que negara.2TS 101.3

    Hasta entonces los sacerdotes habían evitado mencionar la crucifixión y resurrección de Jesús. Pero ahora, para cumplir su propósito, se veían precisados a preguntarles a los acusados cómo había podido efectuarse la curación del inválido. Así que preguntaron: “¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?”2TS 101.4

    Con santa audacia y amparado por el poder del Espíritu, Pedro respondió valientemente: “Sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, al que vosotros crucificasteis y Dios le resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”2TS 102.1

    Esta valerosa defensa espantó a los caudillos judíos. Se habían figurado que los discípulos quedarían abrumados por el temor y la confusión al comparecer ante el Sanedrín. Pero por el contrario, dieron testimonio hablando como Cristo había hablado, con tan convincente persuación que hubieron de callar sus adversarios. La voz de Pedro no daba indicios de temor al decir de Cristo: “Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza del ángulo.” Cuando los sacerdotes escucharon las valerosas palabras de los apóstoles, “les conocían que habían estado con Jesús.”2TS 102.2

    Cristo puso su sello en las palabras que Pedro pronunció en su defensa. Junto al discípulo, como testigo veraz, estaba el hombre que tan maravillosamente había sido curado. La presencia de este hombre, pocas horas antes cojo impedido, y ahora por completo curado, añadía el peso de un testimonio a las palabras de Pedro. Los sacerdotes y dignatarios permanecían callados. No podían rebatir la afirmación de Pedro, pero no estaban menos determinados a hacer cesar las enseñanzas de los discípulos.2TS 102.3

    A fin de encubrir su perplejidad y deliberar entre sí, los sacerdotes y dignatarios ordenaron que se sacara a los apóstoles del concilio. Todos convinieron en que sería inútil negar la milagrosa curación del cojo. Gustosos hubieran encubierto el milagro con falsedades; pero esto era imposible; porque había ocurrido en plena luz del día, ante multitud de gente y ya lo sabían millares de personas.2TS 102.4

    A pesar de su deseo de matar a los discípulos, los sacerdotes sólo se atrevieron a amenazarlos con riguroso castigo si seguían hablando u obrando en el nombre de Jesús. Nuevamente los llamaron ante el Sanedrín, y les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan respondieron: “Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios: porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”2TS 103.1

    De buena gana hubieran los sacerdotes castigado a los discípulos por su inquebrantable fidelidad a su sagrada vocación; pero temían al pueblo, “porque todos glorificaban a Dios de lo que había sido hecho.” Así, con reiteradas amenazas y órdenes fueron puestos los apóstoles en libertad.2TS 103.2

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