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29—El Cristo divino y humano presentado en el Apocalipsis SE2 273

«LA REVELACIÓN DE JESUCRISTO, que Dios le dio para manifestar a sus siervos las cosas que deben suce- SE2 273.1

der pronto. La declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, el cual ha dado testimonio de la palabra de Dios, del testimonio de Jesucristo y de todas las cosas que ha visto” [Apoc. 1: 1, 2]. En el siguiente versículo se pronuncia una bendición de parte de Dios y a través de su siervo Juan, sobre todos los que lean y todos los que escuchen el libro de Apocalipsis. «Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas, porque el tiempo está cerca”. SE2 273.2

Tenemos el privilegio de conocer algo respecto a este libro que muchos ministros afirman no pueden se comprendido. Para muchos, el libro de Apocalipsis es un libro cerrado. Pero debemos conocer «lo que dicen las Escrituras» SE2 273.3

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Sermón presentado en la capilla del Sanatorio, Santa Helena, California el sábado 12 de noviembre de 1902. Manuscrito 155, 1902. y también entender su significado. Deberíamos entender el libro de Apocalipsis mucho mejor de lo que lo conocemos. La bendición pronunciada sobre aquellos que leen, escuchan y guardan las palabras de esta profecía puede ser nuestra. Si nos aplicamos a estudiar este libro con una actitud receptiva, con corazones susceptibles a las impresiones divinas; las verdades reveladas tendrán una influencia santificadora sobre nosotros.

El Apocalipsis fue dirigido a las siete iglesias de Asia, que representan al pueblo de Dios en todo el mundo. «Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros de parte del que es y que era y que ha de venir, de los siete espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra». Juan, desterrado a la soledad de la isla de Patmos, fue bendecido con la presencia de Jesucristo. SE2 274.1

¡Qué reconfortantes son las palabras del anciano apóstol mientras escribía a las iglesias acerca del Salvador. «Al que nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre, a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos”. Cuántas, cuantísimas veces esas palabras me han consolado. SE2 274.2

«He aquí que viene con las nubes: Todo ojo lo verá, y los que lo traspasaron; y todos los linajes de la tierra se lamentarán por causa de él». Analicemos esta profecía. Deberíamos reconocer que sin importar si seremos salvos o perdidos, en algún momento veremos al Salvador como él es, en toda su gloria, y entenderemos su carácter. En el momento de su segunda venida todo corazón habrá sido convencido. El día de su venida reconocerán su error todos los que lo han echado a un lado, los que se apartaron de él prefiriendo las cosas terrenales sin importancia, aquellos que en esta vida persiguieron sus propios intereses y gloria. Esos son los que, en el lenguaje de [Juan] el Revelador se denominan «todos los linajes de la tierra» que se «lamentarán a causa de él”. No nos alegremos de ser incluidos entre «los linajes de la tierra». Nuestra ciudadanía está en el cielo, y nosotros debemos aferramos a la esperanza que se nos presenta en el evangelio. SE2 274.3

«Y los que lo traspasaron”. No se aplica esto únicamente a los últimos que vieron a Cristo mientras colgaba de la cruz del Calvario, sino también a aquellos que mediante palabras y acciones incorrectas lo traspasan en la actualidad. A diario él sufre la agonía de la crucifixión. A diario hombres y mujeres lo están traspasando al deshonrarlo, al negarse a hacer su voluntad. ¿Acaso él no sufrió antes de venir a este planeta como un hombre entre los hombres? La nación que él resueltamente sacó de Egipto y llevó a Canaán, lo rechazó más de una vez. Durante los cuarenta años que vagaron por el desierto, aunque su pueblo escogido fue alimentado con maná y protegido de males, ellos no aceptaron esas evidencias de la verdad, y dejaron de reconocer su luz y poder. No prestaron atención a sus milagros y como resultado murieron en el desierto sin jamás entrar a la tierra prometida. El Señor no pudo alcanzar sus objetivos a través de ellos. ¿Por qué? La razón es que jamás dejaron de actuar como niños. Fracasaron al no vencer sus hábitos erróneos. Aunque habían alcanzado la estatura de hombres y mujeres adultos, llevaron a esa etapa de la vida los defectos de la niñez. SE2 274.4

Lo mismo sucede hoy. El Señor desea que seamos hombres y mujeres en Cristo Jesús. Nuestras inclinaciones naturales deben ser suavizadas y dominadas por su gracia. Entonces no estaremos crucificándolo sin cesar. Tenemos un Salvador que ha vivido una vida perfecta en este mundo. Él es nuestro ejemplo. Él entregó su vida por nuestra redención. Si en esta vida lo seguimos, haciendo su voluntad en todo, en la vida futura podremos vivir con él para siempre. SE2 275.1

Yo deseo permanecer contemplando a Cristo mientras tenga vida. Ese es mi objetivo en la vida. Por ese motivo es que vivo: para glorificar a Cristo y para asegurar la vida eterna. Ese es el gran propósito que debería inspirarnos a todos. Deseamos conocer a aquel cuyo conocimiento es paz, gozo y vida eterna. SE2 275.2

«Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. Yo Juan, vuestro hermano, y participante en la tribulación y en el reino, y en la paciencia de Jesucristo [es necesario que cultivemos la paciencia de Jesucristo], estaba en la isla que es llamada Patmos» (Apoc. 1: 8, 9, RVA). ¿Por qué estaba él allí? «Por causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesucristo”. SE2 275.3

En su avanzada edad el apóstol continuaba hablando de Cristo y la gente estaba cansada de escuchar su testimonio que era una reprensión a su empecinado rechazo, al no aceptar a Cristo como su Salvador. Y así rechazaron al que podía haberles concedido el poder para convertirse en hijos de Dios si se hubieran arrepentido y creído en él. Ellos pensaron que si podían librarse del testimonio de Juan, tan incómodo para su tranquilidad, se sentirían mucho mejor. Por eso lo desterraron a aquella rocosa isla. SE2 275.4

Pero al enviarlo allí, no lo colocaron fuera del alcance de Jesús, porque en esa misma isla le fue concedida a Juan la más maravillosa revelación de su Salvador y de lo que iba a suceder suceder en la tierra. Fue en la isla de Patmos donde Juan escribió un registro de sus visiones que aún estudiamos en la actualidad. Ese testimonio que Cristo le ordenó a Juan que escribiera para enviar a todas las iglesias fue una luz que Dios determinó debía ser inmortalizada y permanecer como una verdad presente hasta que se cumplan todos los acontecimientos predichos. SE2 275.5

El profeta declara: «Estando yo en el Espíritu en el día del Señor oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta”. SE2 276.1

«“Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el ultimo. Escribe en un libro lo que ves y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea”. Me volví para ver la voz que hablaba conmigo. Y vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los siete candelabros a uno semejante al Hijo del hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y tenía el pecho ceñido con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos, como llama de fuego. Sus pies eran semejantes al bronce pulido, refulgente como en un horno, y su voz como el estruendo de muchas aguas. En su diestra tenía siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos y su rostro era como el sol cuando resplandece con toda su fuerza. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: “No temas. Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Escribe, pues, las cosas que has visto, las que son y las que han de ser después de estas. Respecto al misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candelabros que has visto son las siete iglesias”» [Apoc. 1: 11-20]. SE2 276.2

Nos puede parecer algo maravilloso que Juan vea a Cristo como él es, y que Cristo se dirija personalmente a las iglesias. Pero debemos recordar que la iglesia, aunque débil y defectuosa, es el único objeto en la tierra al que Cristo presta su mayor consideración. Él está constantemente cuidando de ella solícitamente y fortaleciéndola mediante su Santo Espíritu. ¿Le permitiremos, como miembros de su iglesia, impactar nuestras mentes y obrar para su gloria a través de nosotros? ¿Escucharemos los mensajes que él dirige a la iglesia obedeciéndolos? Deseamos estar entre aquellos que lo recibirán con gozo cuando lo vean como él es. No deseamos estar entre los que «se lamentarán por causa de él» cuando lo vean como él es. Confirmemos nuestra redención al escuchar y obedecer los mensajes que él dirige a su iglesia. SE2 276.3

«El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que camina en medio de los siete candelabros de oro, dice esto: “Yo conozco tus obras, tu arduo trabajo y tu perseverancia, y que no puedes soportar a los malos, has probado a los que se dicen ser apóstoles y no lo son, y los has hallado mentirosos. Has sufrido, has sido perseverante, has trabajado arduamente por amor de mi nombre y no has desmayado”» [Apoc. 2: 1-3]. SE2 277.1

«El que camina en medio de los siete candelabros de oro”. La presencia de Cristo es algo constante respecto a su iglesia. De manera constante él imparte conocimiento y gracia a sus representantes esperando que ellos compartan con los demás los dones que reciben. A sus discípulos les dice: «Adelante, adelante”. Él les confió la Gran Comisión evangélica mientras los discípulos conversaban con él poco antes de su ascensión. «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra”, declaró. «Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. SE2 277.2

¿Creemos en las palabras de Cristo? Si yo no lo hiciera, les aseguro que no estaría viajando de lugar en lugar como lo he hecho durante tantos años con el fin de presentar mi testimonio ante grandes audiencias. En lo que va de año he asistido a tres congresos campestres. El veintiséis de este mes cumpliré setenta y cinco años. Desde que tenía dieciséis años he estado trabajando de manera continua, hablando en público a las congregaciones que Dios me ha señalado. He pasado por muchos sufrimientos y aflicciones, pero el Salvador siempre me ha sostenido. ¿Qué podría yo haber hecho si no hubiera contado con su ayuda? SE2 277.3

Él sufre conmigo cada punzada de angustia que siento. Muchas son las veces que su mano ha descansado sobre mí para bien. Una y otra vez él me ha llevado de la enfermedad y del sufrimiento a la salud. Aun cuando mis amigos pensaron que yo estaba muerta, el Señor me trajo de nuevo a la vida y me dio el mensaje: «Anda, ve y cuenta a los demás lo que te he revelado». Esa ha sido mi labor. El consuelo del Espíritu Santo ha sido todo para mí. Entiendo lo que significa. Sé que mi Salvador es tan glorioso y amante que ningún lenguaje podría describirlo. Él es amoroso, «distinguido entre diez mil”. Sé por propia experiencia que él es un amante y compasivo Redentor y deseo que todos los demás aprendan a amarlo. SE2 277.4

A los hermanos y hermanas de la iglesia de Éfeso se les advirtió que amaran a Cristo y que se amaran los unos a los otros. Después de encomiar sus buenas obras, el Salvador dijo: «Pero tengo contra ti que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete y haz las primeras obras, pues si no te arrepientes, pronto vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar». SE2 278.1

Todos necesitamos la luz que podemos recibir de nuestro Salvador. No podemos permitimos el lujo de caminar en oscuridad, sin Dios, sin esperanza. Cristo está caminando en medio de los siete candelabros de oro —su iglesia—, observando las obras de sus profesos discípulos. Necesitamos orar por su Espíritu, para que podamos realizar las obras de Dios. SE2 278.2

En el tercer capítulo leemos: «El que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas dice esto: “Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives y estás muerto. Sé vigilante y confirma las otras cosas que están para morir, porque no he hallado tus obras bien acabadas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; guárdalo y arrepiéntete, pues si no velas vendré sobre ti como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas» [Apoc. 3: 1-4]. SE2 278.3

¿Estamos entre aquellos que son «dignos”, o seguimos acariciando los defectos de nuestra niñez? Los que desean ser representantes de Cristo deben despojarse de todo lo que no se parezca a él. Él vino a nuestro mundo con el fin de mostrar a los seres humanos una imagen del carácter de su Padre. SE2 278.4

Cristo no vino en su gloria, rodeado por una hueste de santos ángeles ocupados en atender todas sus necesidades. Él no vino a mostrar su superioridad. Dejando su majestuoso trono en las cortes celestiales y poniendo a un lado su corona y manto real, reviste su divinidad de humanidad y entra al mundo como un indefenso bebé. «Por amor a vosotros se hizo pobre siendo rico, para que vosotros con su pobreza fuerais enriquecidos». SE2 278.5

Si su naturaleza divina no se hubiera revestido del manto de lo humano, Cristo no podría haberse relacionado con la raza caída ni haberse convertido en nuestro Redentor. Fue necesario que él conociera el poder de todas nuestras tentaciones, que sufriera todas las pruebas y aflicciones que se nos pide atravesemos con el fin de ser un genuino Salvador. Él fue afligido con todas nuestras aflicciones. Satanás, el poderoso enemigo que fue expulsado del cielo, ha reclamado durante mucho tiempo el dominio de la tierra, y Cristo vino para conquistar a ese adversario con el fin de que podamos mediante la gracia divina del mismo modo obtener la victoria sobre el enemigo de nuestras almas. Como cabeza de la raza humana, Cristo demostró al universo mediante su perfecta obediencia que el ser humano podía guardar los mandamientos de Dios. SE2 278.6

En cualquier circunstancia —en prosperidad o en adversidad, acogido o rechazado, en la fiesta de bodas o sufriendo los dolores del hambre—, Cristo permaneció fiel a todo precepto de la ley de Dios, y forjó para nosotros un ejemplo para una vida perfecta. Él ha soportado toda dificultad que le sobreviene al pobre y al afligido. Sin pecar, el ha sufrido el cansancio y el hambre. Él entiende todo inconveniente que podamos enfrentar. Desde la niñez hasta la edad adulta él soportó la prueba de obediencia. SE2 279.1

Cuando Jesús fue llevado al desierto para ser tentado, fue guiado por el Espíritu de Dios. Él no invitó a las tentaciones. Fue al desierto con el fin de estar a solas, para contemplar su misión y su obra. Al ayunar y orar se preparó para la ensangrentada senda que debía transitar. Pero Satanás sabía que el Salvador se había dirigido al desierto, y pensó que esa era la mejor oportunidad para acercársele. Débil y macilento por el hambre, agotado y consumido por la angustia mental; de tal manera estaba desfigurada su apariencia, que su aspecto no parecía el de un ser humano. Esa era la oportunidad de Satanás. Suponía que en esa ocasión podría vencer a Cristo. SE2 279.2

La primera tentación tuvo que ver con el apetito. Alguien, aparentando ser un ángel del cielo se acercó al Salvador, como en respuesta a sus oraciones. Él afirmó que portaba un mensaje de parte de Dios, diciendo que el ayuno de Cristo debía terminar. El Salvador estaba debilitado por el hambre, ansiaba alimentarse cuando Satanás de repente se le acercó. Señalando las piedras presentes en el desierto, y que tenían la apariencia de hogazas de pan, el tentador dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan”. SE2 279.3

Aunque aparenta ser un ángel de luz, esas primeras palabras revelan su carácter. «Si eres Hijo de Dios». Aquí hay una insinuación de desconfianza. Si Jesús hacía lo que Satanás le estaba sugieriendo, hubiera sido equivalente a una aceptación de la duda. Si la confianza de Cristo en Dios podía ser sacudida, Satanás sabía que la victoria en la gran controversia podría ser suya. Él esperaba que bajo la presión de la angustia y el hambre extrema, Cristo perdiera la fe en su Padre y obrara un milagro a favor de él mismo. SE2 279.4

Jesús pudo escuchar en silencio al gran engañador, aunque haciendo un esfuerzo. Pero el Hijo de Dios no tenía que demostrar su divinidad a Satanás. Él enfrentó al tentador con las palabras de las Escrituras: «Escrito está: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». En cada tentación el arma utilizada fue la Palabra de Dios. SE2 280.1

Cuando Cristo le dijo al tentador: «No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, estaba repitiendo las palabras que más de mil cuatrocientos años atrás él mismo le había dirigido a Israel. Las mismas palabras han sido escritas para nuestro beneficio. Debemos tener comunión con Aquel que nos da la vida, con Aquel que mantiene el corazón en movimiento y el puso latiendo. Dios le proporciona el aliento de vida a cada miembro de su gran familia aquí abajo. Él merece la sincera reverencia, la más ferviente devoción de nuestra parte. Cuando piensan en lo que él ha hecho por nosotros, ¿que podemos hacer sino amarlo? Él ha entregado a su Hijo en propiciación por el pecado, con el fin de que todos nosotros podamos estar en una situación favorable con respecto a Dios. SE2 280.2

Si el mundo reconociera el derecho que Dios tiene sobre ellos, no veríamos ni escucharíamos los horribles pecados que hoy son tan comunes; no leeríamos acerca de los asesinatos, la maldad y la tiranía que a diario se registra en la prensa. Al igual que los antediluvianos, los habitantes del mundo han prácticamente olvidado por entero a Dios y a su ley. SE2 280.3

La segunda tentación tuvo que ver con la presunción. «Entonces el diablo lo llevó a la santa ciudad, lo puso sobre el pináculo del templo y le dijo: “Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, pues escrito está: ‘A sus ángeles mandará acerca de ti’, y ‘En sus manos te sostendrán, para que no tropieces con tu pie en piedra’”». Satanás ahora supone que ha enfrentado a Jesús en su propio terreno. SE2 280.4

El astuto adversario presenta palabras que salieron de la boca de Dios. Él demuestra claramente que está familiarizado con las Escrituras. Pero cuando cita la promesa: «A sus ángeles mandará acerca de ti» él omite la frase «que te guarden en todos tus caminos”; esto significa, en todos los caminos que Dios escoja. Jesús rehúsa desviarse de la senda de la obediencia. Él no forzaría a la Providencia para que acudiera en su rescate, malogrando de esa forma el ejemplo de confianza y sumisión presentado a los seres humanos. Jamás él obró un milagro para su propio beneficio. Sus maravillosas obras fueron todas para el beneficio de los demás. Jesús le dice a Satanás: «Escrito está también: “No tentarás al Señor tu Dios”». Dios guardará a todos aquellos que caminen por la senda de la obediencia, pero alejarse de la misma equivale a aventurarse en el terreno de Satanás. Allí fracasaríamos con toda seguridad. El Salvador nos ha recomendado: «Velad y orad para que no entréis en tentación”. SE2 280.5

Jesús salió victorioso en la segunda tentación, y ahora Satanás se manifiesta en su verdadero carácter afirmando ser el dios de este mundo. Colocando a Jesús en una elevada montaña, Satanás hace que todos los reinos del mundo en su esplendor, desfilen en forma panorámica delante de él. Los ojos de Jesús, que habían estado llenos de tristeza y desolación ahora contemplan una escena de extrema belleza y prosperidad. Luego se escucha la voz del tentador: «A ti te daré todo el poder de estos reinos y la gloria de ellos, porque a mí me ha sido entregada y a quien quiero la doy” [Luc. 4: 6]. SE2 281.1

La misión de Cristo únicamente podría ser satisfecha a través del sufrimiento. Ante él se encontraba una vida de dolores, dificultades y conflictos además de una muerte humillante. Pero ahora Cristo podría librarse de ese triste futuro al reconocer la supremacía de Satanás. Sin embargo, hacer eso era lo mismo que rechazar la victoria en el gran conflicto. Cristo le dice al tentador: «Vete, Satanás, porque escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y solo a él servirás”». La divinidad de Cristo se mostró como en un destello a través de su doliente humanidad. Satanás no pudo resistir la orden de alejarse. Humillado y airado se vio obligado a retirarse de la presencia del Redentor del mundo. SE2 281.2

Después de que el adversario se marchó Jesús cayó a tierra exhausto. Había soportado la prueba, pero ahora desmayaba en el campo de batalla. ¿Qué mano podría colocarse debajo de su cabeza? ¿Cómo iba él a recibir ayuda y alimento con el fin de que recuperara sus fuerzas? ¿Sería él abandonado para que pereciera después de haber obtenido la victoria? ¡Oh, no! Los ángeles del cielo habían observado el conflicto con el mayor interés, y ahora acudieron para ayudar al hijo de Dios mientras él parecía estar agonizando. Él fue fortalecido con alimento, consolado con el mensaje del amor de su Padre y con la seguridad de que todo el cielo había triunfado con su victoria. Él regresó del desierto para proclamar con poder su mensaje de misericordia y salvación. SE2 281.3

¿Qué habría sucedido si Satanás hubiera salido victorioso? ¿Qué esperanza habríamos tenido? Cristo vino para revelar a los mundos no caídos, a los ángeles y a los hombres que en la ley de Dios no existen restricciones que el hombre no esté en condición de obedecer. En su forma humana él vino para representar a Dios y cumplió con todos los requisitos que se les exigen a los seres humanos. Fue precisamente después de someterse al rito del bautismo que recibió su preparación final para la gran tarea que le esperaba. SE2 281.4

Cuando Jesús acudió para ser bautizado, Juan rehuyó satisfacer su pedido. ¿Cómo podría él, un pecador, bautizar a aquel que no conoció pecado? Él exclamó: «Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú acudes a mí?». Jesús contestó: «Permítelo ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia». Juan cedió y sepultó a su Señor debajo del agua. Inmediatamente después de salir del agua, Cristo se inclinó en oración en la ribera del río. ¿Y qué pidió? Elevó su alma a Dios a favor de la raza humana caída, solicitando también fortaleza para cumplir con su misión. De su brazo dependía la salvación de la raza caída, y ahora extiende su mano para aferrarse de la mano del amor omnipotente. Él pidió una prueba de que Dios aceptaba a la raza humana en la persona de su Hijo. SE2 282.1

El Padre mismo contestó la petición de su Hijo. Directamente desde el trono brotaron rayos de su gloria. Los cielos fueron abiertos y sobre la cabeza de el Salvador descendió una paloma como de oro bruñido; un apropiado emblema de Cristo, el manso y humilde. Una luz celestial rodeó al Hijo del hombre, y de lo alto del cielo se escucharon las palabras: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. SE2 282.2

Esa respuesta a la oración de Jesús representa para nosotros una promesa de que Dios escuchará y contestará nuestras peticiones. En su forma humana, Cristo atravesó las infernales sombras proyectadas por Satanás, para así llegar hasta el trono del Infinito. Su oración fue escuchada por el Padre. De igual forma, nuestras oraciones encontrarán aceptación en los atrios celestiales. La voz que le habló a Jesús le dice a cada alma creyente: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia». SE2 282.3

Teniendo el acceso que se nos brinda a la fuente de toda fortaleza, ¿por qué contentamos con estar tan débiles que cedemos a las tentaciones del enemigo? Teniendo una gran seguridad respecto al poder que nos permitirá salir victoriosos, ¿cómo es que tenemos tan poca fe? ¿Por qué será que no tenemos éxito cada vez que se nos tienta a hablar en forma descomedida? Deberíamos orar mucho más de lo que acostumbramos. En los momentos de prueba podemos encontrar la victoria a través de las fuerzas que se nos conceden en respuesta a una oración ferviente. SE2 282.4

Del mismo modo que Satanás fracasó rotundamente en su intento por hacer que Cristo pecara, así también fracasará al intentar vencernos si actuamos en la forma correcta, de acuerdo con la luz que se nos ha dado en la Palabra de Dios. Hace unos años determiné que no abriría mis labios si el enemigo me tentaba a hablar en forma descomedida al pensar que se me había tratado en forma injusta y mal intencionada. Si tan solo profería una palabra en respuesta, seguramente el enemigo obtendría la victoria. Debemos aprender a mantenemos en silencio. Hay elocuencia en el silencio. Cuando estemos luchando en contra de las fuerzas de las tinieblas, mantengamos nuestras lenguas en sujeción. Entonces saldremos victoriosos. SE2 283.1

Los malvados finalmente perecerán. No deseamos perecer con ellos. Deseamos vivir una vida que se compare con la vida de Dios. Deseamos ver al Rey en su hermosura. Deseamos contemplar al Señor Jesús cuando él regrese con poder y gran gloria. Con ese fin deseamos vencer en cada prueba, ya que Cristo declara: «Al vencedor le concederé que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono». SE2 283.2

Hay un cielo que ganar y un infierno que evitar. Los hombres y las mujeres deberían estar atentos respecto a los asuntos de interés eterno. Nuestra obra es guiar a los demás para que se aferren de la fortaleza del Todopoderoso. Cristo abraza a la raza humana con su inmenso brazo humano; mientras que con su brazo divino se aferra del trono del Infinito. Él ha abierto el camino de modo que aún el más pecador podrá encontrar acceso al Padre. Él dice: «He colocado una puerta abierta delante de ti que nadie puede cerrar». SE2 283.3

Todos somos como niñitos delante de Dios. Los que han crecido para alcanzar la edad adulta, los que han adquirido una mayor cantidad de conocimientos, los que se encuentran a la cabeza de las casas reales en este planeta, los que son herederos de mucha de la riqueza y de la honra de este mundo; todos ellos son a la vista de Dios como niñitos. Son considerados por él como una pequeña brizna de polvo en una balanza. El Salmista pregunta: «¿Qué es el hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre para que lo visites?». «He aquí que las naciones son para él como la gota de agua que cae del cubo, y como polvo menudo en las balanzas le son estimadas” [Sal. 8: 4; Isa 40: 15]. SE2 283.4

Cristo se ofreció para asumir la naturaleza humana y para llevar en su alma divina todos los pecados de la humanidad a pesar del reducido valor de los habitantes de este mundo en comparación con el resto del universo. Se ofreció con el fin de redimir a la raza humana y permitirle obtener la vida eterna. En vista de su sacrificio infinito, ¡cuán desatinado será para los hombres y mujeres rechazar la gran salvación que se les ofrece, o representar indebidamente al Salvador después de declarar que están enteramente al servicio de él! ¡Cuán improcedente es dudar de que él escuche sus oraciones! Él dice: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá, porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá”. SE2 283.5

Cristo se presenta teniendo con nosotros la misma tierna relación que un padre sostiene con sus hijos. «¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas cosas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?». Él está dispuesto a conceder el Espíritu Santo a todo el que pide con fe. ¿Por qué entonces somos tan débiles, tan faltos de fe? ¿Por qué acariciamos tanto nuestros defectos de carácter? ¿Por qué no siempre acudimos a nuestro Padre celestial, para pedir las cosas que necesitamos con sencillez, con la fe de niños? SE2 284.1

Juan habla a los cristianos como si fueran niñitos llamándolos «hijitos”, y eso es lo que son los miembros de la familia de Dios en la tierra. Respecto al conocimiento y al entendimiento, somos como niños de brazos. Cristo se ofreció voluntariamente para enseñamos en un idioma tan sencillo que todos podremos entenderlo. Nadie necesita utilizar un diccionario con el fin de comprender el significado de las sencillas palabras que él utiliza para decimos cómo podemos obtener la vida eterna. SE2 284.2

Cristo le ofrece consuelo a su iglesia: «Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas. El vencedor será vestido de vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles». SE2 284.3

Cuando Cristo ascendió al cielo al final de su ministerio terrenal las puertas de la ciudad de Dios giraron en sus brillantes goznes y él entró como un vencedor para asumir su ministerio en el santuario celestial en favor de aquellos por quienes había entregado su vida. El divino y humano Hijo de Dios está ahora ante el Padre, presentando nuestros casos y expiando nuestras transgresiones. De esa forma con-fiesa nuestros nombres ante el Padre y ante los ángeles. Sus manos aún llevan las señales de la crucifixión. Él exclama: «¡He aquí que en las palmas de las manos te tengo esculpida!». Él desea que finalmente entremos en la ciudad celestial como vencedores. SE2 284.4

Mediante la gracia que él de modo constante imparte a la raza humana, se encuentra preparando un pueblo para que viva con él a través de los siglos infinitos de la eternidad. Todo aquel que decida seguirlo recibirá esa preparación. Glorifiquemos su nombre al aceptar la salvación que tan gratuitamente se nos ofrece. SE2 285.1

«Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: “Yo conozco tus obras. Por eso, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar, pues aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra y no has negado mi nombre”» [Apoc. 3: 7, 8]. SE2 285.2

Cristo ha logrado para nosotros y ha obtenido una victoria perdurable para así el abrir la puerta del cielo y cerrar la puerta a los engaños de Satanás. Él no limita sus bendiciones a unos pocos. Leemos en el primer capítulo del Evangelio de Juan: «Mas a todos los que lo recibieron, a quienes creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. SE2 285.3

«Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero para probar a los que habitan sobre la tierra. Vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Al vencedor yo lo haré columna en el templo de mi Dios y nunca más saldrá de allí. Escribiré sobre él el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, con mi Dios, y mi nombre nuevo” [Apoc. 3: 10-12]. SE2 285.4

Se nos ha concedido toda ventaja posible con el fin de hacer posible nuestra salvación. Por nosotros Cristo pendió de la cruz del Calvario. Por nosotros fue puesto en el sepulcro. Cuando se levantó del abierto sepulcro de José proclamó: «Yo soy la resurrección y la vida”. Él será ciertamente nuestra vida, si somos sus fieles representantes. No podemos permitimos el lujo de ser representantes de Satanás y actuar como lo hacen los pecadores, porque tendríamos que soportar el sufrimiento que los afectará y compartir la recompensa final de ellos. SE2 285.5

La senda de la desobediencia lleva a la muerte eterna, la senda de la obediencia conduce a la vida eterna. «Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para que su potencia sea en el árbol de la vida, y que entren por las puertas en la ciudad» [Apoc. 22: 14, RVA]. Cuando los redimidos de todas las naciones de la tierra entren a su hogar celestial ellos tendrán libre acceso al árbol de la vida. Ningún ángel con una espada de fuego estará impidiendo el acceso, como fue necesario después que Adán y Eva pecaron. SE2 285.6

Al que venza se le promete una corona de gloria inmortal y una vida que se compara con la vida de Dios. El que venza tendrá todo un cielo de dicha, donde no habrá un diablo tentador; sin sufrimiento, enfermedades, dolor ni muerte. Yo deseo conocer más acerca del cielo y estoy decidida a estar allí, por la gracia de Dios. Esforcémonos todos por obtener la entrada al reino de nuestro Dios y Salvador Jesucristo, donde estaremos rodeados de la mayor de las bellezas, que soprepasa con mucho todo lo que podamos imaginar. «Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman». SE2 286.1

¡Cuánto deseamos que el enfermo, el que sufre y el afligido puedan ver las hermosas glorias que Cristo ha preparado para nosotros! Queridos amigos, esperamos encontrarlos alrededor del trono de Dios. Yo deseo estar allí. Deseo ver al Rey en su hermosura. Deseo presenciar cuando la hueste celestial eche sus brillantes coronas a los pies de Jesús, y luego escuchar cuando toquen sus arpas de oro llenando el cielo de una preciosa música y con cánticos al Cordero. SE2 286.2

¿Estarán ustedes allí? Dios desea que ustedes estén allí; Cristo desea que ustedes estén allí; los ángeles desean que ustedes estén allí. Con ese objetivo, estudiemos en forma diligente el libro de Apocalipsis, recordando siempre que el Señor dice: «Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas”. Recordemos la promesa: «Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en medio del paraíso de Dios». SE2 286.3