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Notas biográficas de Elena G. de White

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    Seguridades consoladoras

    Aquellos días fueron muy tristes. Yo veía huérfanos a mis tres pequeñuelos, y me asaltaban dudas como las siguientes: Si mi esposo muere por haber trabajado con exceso en la causa de la verdad presente, ¿quién reconocerá lo que ha sufrido? ¿Quién sabrá cuánta carga sobrellevó durante años, y los extremos cuidados que apesadumbraron su ánimo, quebrantaron su salud y lo arrastraron prematuramente al sepulcro, dejando a su familia miserable y desvalida? Yo solía preguntarme: ¿No cuidará Dios de estas cosas? ¿Pasarán ellas inadvertidas? Yo me consolaba al saber que hay un Ser que juzga rectamente, y que todo sacrificio, toda abnegación, todo llanto de angustia sufrido por su causa, queda fielmente registrado en el cielo y ha de obtener su recompensa. El día del Señor declarará y esclarecerá cosas que todavía no han sido descubiertas.NBEW 172.2

    Se me mostró que Dios se proponía restablecer gradualmente a mi esposo, y que nosotros debíamos ejercer firmemente nuestra fe, pues Satanás nos embestiría con furia con cada esfuerzo que hiciésemos. Habíamos de prescindir de las apariencias y creer. Tres veces por día nos postrábamos solos ante el Señor, y orábamos fervorosamente por el restablecimiento de la salud de mi esposo. El Señor se dignó escuchar nuestras ardientes súplicas, y mi esposo empezó a mejorar. Y no puedo expresar mejor los sentimientos que entonces me embargaban, que por la transcripción de los siguientes extractos de una carta que escribí a la Hna. Howland:NBEW 173.1

    “Me siento agradecida por tener ahora a mis hijos conmigo, bajo mi propio cuidado.1Cuando regresaron a su hogar en Rochester, después de una gira por el este, en el otoño de 1853, el pastor White y su esposa trajeron consigo a su hijo mayor Enrique, quien durante cinco años había sido atendido con ternura por los Hnos. Howland. Durante unas cuantas semanas he venido sintiendo hambre y sed de salvación, y hemos gozado casi sin interrupción de la comunión con Dios. ¿Por qué quedarnos alejados del manantial cuando podemos ir a él y beber? ¿Por qué morirnos por falta de pan, cuando hay un granero lleno, abundante y gratuito? ¡Oh, alma mía, sáciate en él, y bebe diariamente de los goces celestiales! No callaré. La alabanza a Dios está en mi corazón y sobre mis labios. Podemos regocijarnos con la plenitud del amor de nuestro Salvador. Podemos regalarnos con su excelente gloria. Mi alma da testimonio de ellos. Mi lobreguez ha sido disipada por esta preciosa luz, y nunca podré olvidarlo. Señor, ayúdame a recordarte vivamente. ¡Despertaos, energías todas de mi alma! ¡Despierta, oh alma, y adora a tu Redentor por su prodigioso amor!NBEW 173.2

    “Puede ser que nuestros enemigos triunfen. Pueden decir palabras acerbas, y fraguar con la lengua calumnias, engaños y mentiras; no nos conmoveremos. Sabemos en quién creímos. No hemos corrido en vano, ni trabajado en vano. Llegará un día de ajuste de cuentas, en que todos serán juzgados según las obras hechas en el cuerpo. Es cierto que el mundo es oscuro. Puede fortalecerse la oposición. Pueden envalentonarse en su iniquidad el burlador y el escarnecedor. Sin embargo, por ninguna de estas cosas seremos conmovidos, sino que para obtener fuerza nos apoyarémos en el brazo del Omnipotente”.NBEW 174.1

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